47 y contando… ¿en qué momento pasó?

¡Si parece que fue ayer cuando entraba a mis dulces 27, con toda la fuerza de una niña que ya no era adolescente, pero con ganas de comerse el mundo!

Era la época en que empezaba a viajar dentro de mi país, a descubrir que la “horrible cerveza” no era tan fea, que los partidos de la selección se veían entre amigos en algún bar, y que los viajes a la playa, sin motivo ni razón, se convertirían en algunas de las mejores memorias que tendría en los siguientes veinte años.

Era también la época en que empezaba a entender que la vida era más que libros, que no tenía por qué quedarme en un solo lado de la sexualidad solo porque la sociedad lo dictaba.
La que, un año después, iría a su primer Pride y le gritaría al mundo que seguía siendo la misma hija, hermana y tía que habían criado con amor.
Que su sexualidad no cambiaba sus valores: solo la convertía en una mujer feliz de ser quien era.

47… y no sé cuándo pasó.

Nunca pensé en irme de Ecuador.
Cuando era niña, jugaba a ser una mujer independiente y trabajadora, como mi mamá.
Soñaba con tener hijos, una carrera, y que para mis casi 50, tendría mi casa, mis hijos y un perro.

Pero parece que mi niña de 7 años no esperaba tener tantas herramientas ni tanto coraje.
Un día le di la vuelta a mi mundo y me descubrí valiente y temeraria.
Me descubrí atrevida, empezando sin familia en un país que hablaba mi idioma, pero donde las palabras tenían un significado distinto.

Al final, sí me convertí en una mujer independiente y con carácter.
Amo vivir entre aviones.
La mitad del tiempo extraño a mi mamá y a mis hermanos, y la otra mitad estoy pensando cuál será la próxima aventura.
Descubrí que, más allá de mi casa en la Primavera 2, había un mundo por explorar.

He pasado los últimos 14 cumpleaños —de estos 47— en diferentes países.
Conozco Sudamérica, el Caribe, el Sudeste Asiático, y he puesto muchas estampas en mis pasaportes.
Ya no soy solo ecuatoriana.
Hoy me considero ciudadana del mundo: mexicana de corazón, americana de papeles y libre de ir a donde quiera.

Y no puedo estar más feliz ni más agradecida por la vida que he tenido:

Una mamá increíble.
Los hermanos más amorosos y protectores.
Los amigos que —aunque no sean muchos— son los más fieles y leales.
No importa la distancia ni el país: sé que si llego a una ciudad y hago una llamada, estarán tan felices como yo de vernos, aunque sea solo para un café.

Y mi esposa —mi compañera de vida—
esa a la que siempre le digo, en broma,
“donde vayan esas nachas, yo voy detrás.”
Y aunque suene a chiste, es literal.
Ella es quien determina los vuelos, los itinerarios y las nuevas aventuras.
Yo, la encargada de hacerla sonreír, de que se sienta completa, sin importar dónde terminemos.

Gracias.

Eso me da la paz para decir que, hoy, entrando a mis 47 años,
si muriera mañana…
me iría feliz.
Y completa.

Escribí esto hace una semana. Nunca lo publiqué por acá, ni en ningún lado… pero hoy decido compartirlo. Gracias totales, amigos y familia.


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