Miedo.

Tengo miedo.
Y no es nuevo. La primera vez, me dio pánico saber que te ibas.

Tengo miedo porque cuando te volví a ver, dos años después, estuve junto a ti sintiendo que no querías que estuviera ahí…
Quizás fue solo una impresión mía, nacida de la culpa que me persigue por no haber estado contigo desde el inicio del tratamiento.
Quizás, sin saberlo, tú estabas feliz de que yo estuviera allí.

Como sea, siempre estuviste para mí. Siempre.
Y ahora sigo con miedo…
Porque no quiero recordarte enferma.
No quiero cerrar los ojos y ver tu mirada apagada.
No quiero que la sombra de la muerte invada mis recuerdos felices.
No quiero que se lleve los días de alegría, los momentos de aventura, las risas sin motivo.

No quiero que ella te lleve.
Pero una parte de mí sabe que es una sentencia sin apelación.
Que ese momento llegaría.
Y mi miedo fue tan grande que prefirió imaginar que esto no estaba pasando.
Como si fuera solo una de esas épocas en que cada una iba por su lado,
donde siempre existía la idea de:
"En estos días la llamo"
o el consuelo de un reencuentro próximo.

Miedo y resignación.
Dos palabras que escribo juntas porque ya no sé cómo escribirlas por separado.

Perdón.

Y el momento llegó.
Nunca te lo pude decir, porque el miedo me ganó.
Te fuiste un 10 de julio, a las 16h34 de la tarde.
No fue necesario que yo estuviera allí.
Tú viniste a despedirte.
Y supe, en ese instante, que me decías que nunca me dejarías.

Aun así… te s

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