Cuatro Décadas, Cien Vidas
Es sorprendente pensar que este blog, este pequeño rincón de letras, lleva casi 15 años de existencia. Ha sido testigo de mi vida y de sus constantes transformaciones. Comenzó como un espacio creado por una pareja lesbiana que buscaba difundir información y encontrar su lugar en el mundo durante la primera década del siglo XXI. Con el tiempo, este sitio evolucionó: pasó de ser un canal de comunicación para la comunidad a un lugar donde compartía mis pensamientos e historias, hasta que lo abandoné por un lustro. Y aquí estamos, tres lustros después, escribiendo y mirando atrás, sin poder creer todo lo que ha sucedido.
Cuatro décadas y cien vidas. Así es como me siento ahora, a mis 46 años. Ese es el tiempo que he estado sobre la faz de la tierra, y al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que he vivido tantas versiones de mí misma. Actualmente estoy en el sudeste asiático, a semanas o quizá un par de meses de mudarme de regreso a América. He pasado casi cuatro años aquí, en una nueva vida, diferente a las que viví en México. Allí también tuve tres vidas distintas: dos en Ciudad de México y una en la hermosa ciudad fronteriza de Tijuana. Si miro más atrás, encuentro las vidas que viví en Ecuador, donde siento que experimenté al menos tres de mis cien vidas.
Ha pasado tanto y, a la vez, tan poco. Al observar mi pasado, hay momentos en los que no me reconozco. Mis escenarios han cambiado, mis amigos han cambiado, mis pensamientos han cambiado. Casi nada se ha mantenido constante. Incluso yo he cambiado, y ¡qué bueno! Sería terrible permanecer igual después de tantas experiencias sin aprender nada.
¿Quién soy ahora? Vivo con mi esposa, una mujer maravillosa que, a veces, me cuesta creer que sea parte de mi vida. No quiero sonar enamorada de manera ciega o tóxica; simplemente he aprendido a ver el amor desde un prisma diferente. Ya no se trata de adoración, sino de cómo ese amor nutre a quienes lo rodean y cómo se recibe de vuelta.
Llevamos cuatro años de casadas y nueve años juntas. ¡¿Nueve años?! Parece que fue ayer cuando escribía en este blog sintiéndome como una hormiga llevando lo que quedaba de su alma para polinizar una nueva vida. Ahora me doy cuenta de que esa metáfora no estaba tan equivocada. Durante estos nueve años, he aprendido a amar de manera diferente. Primero tuve que aprender a quererme a mí misma. Después de muchos podcasts y libros de autosuperación, finalmente entendí el mensaje: no sirve de nada creer que sabemos amar si no nos amamos primero.
Caminar agradeciendo lo aprendido y dejando que las cosas nuevas florezcan es lo que ha permitido que mi amor creciera. Es un amor tan libre que puedo pasar todo un día en este pequeño estudio y, al salir, recibir una sonrisa de mi esposa. Tener tiempo para mí no disminuye el amor que siento por ella, ni el que ella siente por mí.
Por supuesto, no todo es color de rosa. Y no lo digo por ella, sino por mí. A veces, el fantasma del síndrome del impostor aparece y me hace pensar que no merezco todo lo bueno que me ha pasado. Pero sí lo merezco. Mi psicóloga estaría orgullosa de leer estas palabras. Porque, aunque nunca dejé la terapia, eso no evitó que cayera en una depresión. Pero esa es otra historia.
Suficiente verborrea mental. Solo quería dejar constancia de una nueva entrada, casi 15 años después de haber creado este lugar.

Comentarios